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El Observador y su Mundo

Universo

Ayer hacía mi primera publicación, hablando del respeto y la legitimación hacia uno mismo y hacia los demás, agradeciendo aquello que nos ha traído hasta aquí porque gracias a ello hemos sobrevivido y hemos crecido lo necesario para tener la fuerza que hoy tira de nosotros.

Hoy quiero traer el concepto de “Distinción”, pues en Coaching Ontologíco hablamos de ello para mostrar una mirada distinta al mundo que nos rodea y a la forma en que lo vemos. Citaré a Rafael Echeverría, autor del libro “Ontología del Lenguaje” y líder ontológico. Para abrir un nuevo capítulo…

El observador y su mundo – Volumen I. Rafael Echeverría

-- Hola, Rafael. ¿Qué estás haciendo? –me dice-. ¿En qué estás?

-- Hola –le respondo-. Estoy aquí conmovido, observando este cielo único,  lleno de estrellas, sintiendo que me conecto con el infinito.

-- A ver, a ver –me explica-. Creo que te precipitas en tus conclusiones. Vamos por partes. Tomemos primero eso del infinito. Estás consciente de que eso es sólo un decir, ¿verdad? Pues lo que estás viendo es sólo un pedazo pequeño de la tercera capa de una galaxia en un universo en el que posiblemente hay millones de galaxias. El infinito es mucho mayor de lo que tú eres capaz de observar.

-- Pero ¿te das cuenta? –le digo-. Con lo que has dicho me acabas de expandir el mundo. Yo que creía que me conectaba con el infinito y tú me dices que esto no es más que un pequeñísimo rincón del universo.

-- ¡Pequeñísimo! Efectivamente. Pero hay más. Tú me hablas de un cielo lleno de estrellas, como si todo lo que hubiera fueran estrellas.

-- ¿Y hay acaso alguna otra cosa? –le pregunto-. Yo no veo sino estrellas. El resto es sólo oscuridad.

-- Pues te equivocas. No sólo estrellas, no sólo oscuridad. Déjame introducir algunas distinciones. Tú parecieras llamar estrella todo punto iluminado. Pero tras esa luz hay dos tipos de cuerpos celestes muy diferentes. Estrellas son aquellos cuerpos que poseen luz propia y que logramos ver por el reflejo de su propia luz.

-- ¿Y es que hay acaso algunos cuerpos que tienen luz que no sea propia?, le pregunto yo.

-- Tal cual; hay muchos cuerpos que, aunque se ven iluminados, sólo reciben la luz de alguna estrella, y ésa es la luz que vemos en ellos. Déjame introducir algunas distinciones adicionales. La tierra donde vivimos es un cuerpo sin luz propia. De lo contrario no podríamos vivir en ella, pues nos quemaríamos vivos. Ella pertenece a un sistema de cuerpos sin luz, tales como ella, que giran alrededor de una estrella, el sol. Lo llamamos el sistema solar. De noche, el sol se encuentra del lado opuesto de la tierra y por lo tanto no lo vemos y el cielo se nos muestra oscuro. Sin embargo, la luz del sol alcanza a llegar a estos otros cuerpos sin luz del sistema solar, cuerpos que llamamos planetas, permitiendo que los veamos iluminados. Pero se trata de planetas. No son estrellas.

-- ¿Y me puedes mostrar algunos?

-- Por supuesto ¿Ves aquel cuerpo luminoso al que estoy apuntando? Es la primera luz que vemos en la tarde, al caer la noche, y la última luz que vemos en el amanecer. Se trata del planeta Venus. No tiene luz propia.

-- ¿Hay otros?

-- Muchos otros. Mira aquel rojizo que se encuentra a ese lado. Ese es el planeta Marte. Tampoco posee luz propia. La luz que vemos en él es la luz del sol reflejada en su superficie. Lo vemos rojizo por cuanto contiene gran cantidad de azufre. ¿Ves ese otro a ese lado? ¿Ese pequeñito? –me indica apuntando nuevamente con el dedo-.

Pues ése es Mercurio. Es otro planeta de nuestro sistema solar. ¿Y ves ese otro, un poco mayor, allá? Pues ese también es un planeta. Es el mayor del sistema solar. No lo vemos tan grande, pues está más lejos que los anteriores. Es Júpiter.

-- ¿Y qué más puedes mostrarme?

-- Pues, dejemos a un lado los planetas que, además de no tener luz propia, giran alrededor del sol y por lo tanto cambian de posición en el firmamento. Pasemos ahora a las estrellas. Son aquellos cuerpos que poseen luz propia y que, con excepción del sol, al que solemos ver moviéndose como resultado de los movimientos de la propia tierra, parecieran estar fijos y equidistantes los unos de los otros. Pues bien, a las estrellas podemos agruparlas en constelaciones, en grupos de estrellas que se mantienen conformando una determinada configuración en el firmamento. Ello implica que no sólo podemos ver estrellas, podemos observar también constelaciones. Mira, esa la llamamos la constelación de Orión; a esa otra, la llamamos la Osa Mayor. Parecieran formar figuras diferentes.

-- ¿Y hay algo más que pudieras mostrarme?

-- Pues mucho más. Podría quedarme contigo toda la noche, mostrándote cosas nuevas que te van a sorprender. Descubrirás que en ese cielo que tú inicialmente sólo veías estrellas, hay muchas otras cosas.

-- ¿Cómo qué?

-- Como, por ejemplo, ese puntito luminoso que se encuentra en esa dirección. ¿Lo ves? Ese pequeñito que se mueve lentamente. Sólo lo verás moverse si te detienes en él. ¿Te das cuenta que se mueve?

-- Es cierto. Pareciera que se acerca a esa estrella que tiene al lado.

-- Pues no se acerca a ninguna estrella. En realidad aunque parece que estuviera muy lejos, en rigor está muy cerca. Lo que pasa es que es muy chiquito. Es un satélite. Lo hemos construido en la tierra y lo hemos mandado al espacio. Esta girando alrededor de nosotros y lo utilizamos en nuestros sistemas de comunicación.

¿Cómo crees que logras ver los canales de televisión de otros países? Las ondas de transmisión de estos canales son recogidas por esos satélites y retransmitidas de manera que puedan llegar a tu tele-visión. De lo contrario no sería posible. Por lo tanto, ese cuerpo luminoso que se mueve allí es el más cercano a la tierra, de todos los que ves y lo hemos mandado desde acá.

 -- ¿Puedes mostrarme algo más?

-- ¿Cuánto más?

-- Sólo una cosa más. Por favor. Enseguida te dejo en paz.

-- Bueno, una última cosa más. ¿Sabías que hay estrellas que tú ves y que no existen?

-- Pero, ¿cómo? Si las veo, tienen que existir.

-- Pues te equivocas. Lo que realmente ves es sólo su luz. Pero el tiempo que demora en llegar esa luz es muy largo, y desde el momento en que esa luz fuera enviada, esa estrella se extinguió. Por lo tanto estás viendo la luz de un cuerpo que, hoy ya no tiene luz.

-- ¿Y yo la estoy viendo?

-- Estás viendo la luz que esa estrella tuvo en el pasado, pero no la luz que ella tiene el presente, pues hace ya muchos años que dejó de tener luz.

-- Me parece increíble.

-- Me imagino.

-- ¿Y podrías decirme una última cosa más? ¿Una última, última?

-- ¿Pero no era la anterior la última?

-- Claro, pero esta sería la última, última...

-- Pero así no vamos a terminar nunca.

-- Te prometo que con esta terminamos.

-- ¿Me lo prometes?

-- Absolutamente.

-- ¿No va a haber luego una última, última, última?

-- Te prometo que no.

-- De acuerdo. Sólo con esa condición. Escucha: ¿sabías que las estrellas mayores, las que tienen más luz, están ahí y no las ves?

-- Pero eso no puede ser. Si están ahí, y son las mayores y las que tienen más luz, ¿cómo podría no verlas?

-- Para ello requeriremos de una nueva distinción. Se trata de lo que llamamos “hoyos negros”. Se trata de estrellas muy grandes que por su tamaño tienen tal fuerza de gravedad que se tragan su propia luz. Sabemos de su existencia por el comportamiento de las demás. Dada la gran fuerza de gravedad que poseen crean un campo que afecta todo lo que está a su alrededor. Y dado lo que pasa en su cercanía hemos descubierto que existen. Pero no podemos verlas.

-- ¿Sabes? Me has cambiado por completo el mundo. El mundo que ahora logro ver con las distinciones que me has entregado es completamente diferente de aquel que antes observaba.

-- Pues no me extraña. El mundo que observamos lo constituimos con nuestras distinciones.

-- Creo que he aprendido no sólo algo nuevo y fascinante con respecto al universo. Creo que me has enseñado algo todavía más inesperado con respecto a mí mismo y al poder que poseen mis propias distinciones.

-- Me alegro mucho.

Mientras mi amigo astrónomo se aleja hasta perderse en la oscuridad, constato que ahora observo un mundo diferente. Pero me doy cuenta de que no es solo el mundo el que ha cambiado. También he cambiado yo: ha cambiado el observador que yo era. Vuelvo ahora mi mirada hacia mi interlocutor. Me percato que su rostro tiene ahora algo que no tenía al inicio de nuestra conversación. Algo nuevo. Me doy cuenta de que posiblemente está pensando que, a partir de mi relato no sólo ha cambiado mi mundo y he cambiado yo. Tengo la impresión que siente que él también ha cambiado.

Ahora sonríe. Me pregunto si algo similar le habrá sucedido al lector.

 

Deseo que este relato os haya traído toda la luz y el aprendizaje que me trajo a mi la primera vez que lo leí..

Hasta el próximo día Amig@s!!